
La película comienza con las imágenes de antenas de televisores. Los créditos de presentación del filme no están escritos, son recitados por una voz over. Es un inicio ágrafo que nos introduce en una sociedad que busca la eliminación de la lectura y la escritura. Los bomberos no apagan incendios sino localizan y queman libros. En los hogares hay televisores de pared y formato 16:9 (que anticipan a los actuales plasma y LCD), teléfonos por todas partes (que predicen a los móviles), y juegos engañosamente interactivos; hay muchos medios de comunicación, es verdad, pero estos parecen aislar a las personas en lugar de unirlas. En el tren los individuos se acarician a sí mismos, melancólicos, como si añorasen el calor ajeno. Predominan las pantallas frías y las imágenes virtuales, contrarias a la sensualidad del libro que se puede tocar y oler.
Los libros están proscritos porque causan infelicidad a la gente. Les describen a los lectores mundos ilusorios y les hacen desearlos, o los confrontan con sus miserias y carencias, los vuelven diferente a los demás, y por tanto soberbios o inadaptados. En la sociedad de Farenheit 451 se pretende que la gente delate al sujeto distinto, que regule su ánimo con pastillas, que no recuerde más allá de lo sucedido la noche anterior, y que no se pregunte por la verdad, porque la verdad es una construcción mediática como se comprueba en la captura de Montag. Se ordena a las personas ser iguales, felices e integradas. Las semejanzas de ese mundo de ficción de Bradbury y Truffaut, inventado hace varias décadas, con el globalizado que ahora habitamos no son pocas; pero la esperanza se filtra: Montag, el perfecto bombero de mirada vacía se revela como un inconforme, basta un pequeño estímulo de la perceptiva y visionaria Clarisse para convertirlo en un activo rebelde, y descubrir después (con nosotros) la utopía del bosque de hombres-libro, la comunidad de hombres-libres.
Le película es de 1966 y rodada en Inglaterra, pero aun muy Nouvelle Vague. El elíptico montaje del inicio y el ralenti en el desmayo de Montag nos remiten al estilo nervioso y juvenil de las primeras películas del movimiento. La fotografía, con teleobjetivo que aisla pero a la vez suaviza a los personajes, y pone énfasis en el contraste cromático, es de Nicholas Roeg y tiene bastante del estilo del futuro director británico. Julie Christie está impecable en su doble papel, y Oskar Werner (que se peleó a muerte con Truffaut durante el rodaje) es inolvidable como ese hombre que despierta.




